No sólo España, sino el mundo entero tiene los ojos puestos en las acampadas de jóvenes españoles rebeldes. En el extranjero le llaman la "Spanish Revolution" y ya están sentados en sus butacas para asistir al espectáculo de la demolición de nuestra democracia fracasada. Todos hemos soñado con un despertar de la España somnolienta y cobarde que soportaba sin rechistar los desmanes de Zapatero, el dominio injusto y sucio de partidos políticos abusivos, dueños de un poder desmedido, la visión cobarde de una oposición lamentable, que se limitaba a esperar la derrota del contrario, el avance hacia el desempleo y la pobreza, bajo el socialismo trasnochado del PSOE y el desmontaje de los estados de bienestar y de derecho. Pero nadie consigue ver claro porque el movimiento juvenil todavía está poco definido y porque los agentes y agitadores de los partidos políticos luchan con todas sus fuerzas por mediatizar, prostituir y envenenar ese movimiento libertario y rebelde.
Los mensajes son confusos. Los más limpios e independientes piden cambios en la injusta Ley Electoral, el fin de los partidos políticos actuales, demasiado impunes y corruptos, y más democracia auténtica, pero los agentes infiltrados piden algo tan insólito y caduco como "más Estado", lo que equivale a menos libertad y a más indecencia y abuso. La última petición, forjada ayer, jueves, fue la de una "Tercera República".
Los mensajes son confusos. Los más limpios e independientes piden cambios en la injusta Ley Electoral, el fin de los partidos políticos actuales, demasiado impunes y corruptos, y más democracia auténtica, pero los agentes infiltrados piden algo tan insólito y caduco como "más Estado", lo que equivale a menos libertad y a más indecencia y abuso. La última petición, forjada ayer, jueves, fue la de una "Tercera República".





