Podemos definir “el coeficiente de ocultación” como la relación existente entre lo que se conoce y lo que se revela.
Existen personas, que por su posición en esta sociedad, son conocedoras de información importante y privilegiada que influye de una u otra forma en la vida del resto de los ciudadanos.
En este caso, me voy a referir a los políticos, que como representantes públicos tienen acceso exclusivo a información de vital importancia para los ciudadanos.
La información que obtienen los políticos, se produce a través del cargo que han logrado como consecuencia de los votos de los ciudadanos, es decir, estos últimos votan a determinadas personas para que, entre otras cosas, ejerciten la gobernanza, controlen y fiscalicen las labores de la Administración Pública y Política.
Circunscribiendo esta situación a las Administraciones Locales, los políticos que desempeñan sus actividades en las mismas, pueden administrar la información a la que tienen acceso de dos formas, una de forma legítima ciñéndose a legalidad vigente y al interés general y otra, utilizándola como medida de presión y me atrevería a decir como extorsión contra los rivales políticos o económicos de las organizaciones o partidos a los que pertenecen.
La administración del coeficiente de ocultación, parece cobrar mayor importancia para quien la utiliza en los momentos preelectorales y electorales, es así que es en esos momentos concretos, cuando se empiezan a revelar, datos, actuaciones, circunstancias, decisiones, decretos, etc, tomadas por los adversarios políticos, con el objetivo de deteriorar el trabajo y la imagen de los mismos.
Pero eso no es todo, estas revelaciones son hechas de una forma muy particular, añadiéndoles en la mayoría de los casos dosis de falseamiento.
Me explico; quien oculta la verdad retiene parte de una información que para el ciudadano puede ser interesante pero, en sentido estricto, no falta a la verdad. Sin embargo, quien falsea la realidad da un paso más, al emitir una información falsa con etiqueta de real. Resulta más fácil mentir por omisión (no se necesita urdir historias inciertas, y hay menos posibilidades de ser descubierto) y socialmente este tipo de engaño se tiene por menos censurable, a pesar de que puede resultar tanto o más dañino e inmoral que la mentira activa.
Se recurre asimismo al falseamiento cuando se oculta información relevante al ciudadano, en la medida que pueden inducirle a error de interpretación o a iniciar acciones inadecuadas.
Por otra parte, otras formas de mentir son las verdades a medias” o verdades al 50% (el mentiroso niega parte de la verdad o sólo informa de parte de ella) y las “verdades retorcidas”, en las que se dice la verdad pero de un modo tan exagerado o irónico que el ciudadano, casi ridiculizado, la toma por no cierta.
Los políticos deberían tener muy en cuenta que “La verdad no mancha los labios de quien la dice, sino la conciencia de quien la oculta”.
“Es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que, sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos” -Miguel Unamuno -
“Restringir el acceso al campo del conocimiento a un pequeño grupo mata el espíritu filosófico de la gente y conduce a la pobreza espiritual. – Albert Einstein




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